Maternés:
tendiendo puentes lingüísticos con los más pequeños
A diferencia de otros animales, el ser humano no nace completamente desarrollado ni adaptado al medio, por lo que este desarrollo continúa una vez fuera del seno materno: el cerebro, por ejemplo, no llega a desarrollarse del todo hasta que alcanzamos la edad de 25 años. En lo que respecta al lenguaje, hace ya tiempo que sabemos que no podemos limitarnos a una afirmación tan contundente como que las habilidades lingüísticas se encuentran en el hemisferio izquierdo (en el caso de la gente diestra), pues se ha demostrado que varias partes del hemisferio derecho se activan durante, por ejemplo, el aprendizaje de la lectura y el procesamiento pragmático del lenguaje. Ahora bien, ¿cómo llegamos a este punto? ¿cómo aprende un bebé indefenso a verbalizar sus necesidades?
Pues bien, pese a que nacemos con una predisposición a desarrollar el lenguaje, no somos capaces de desarrollarlo de manera individual, sino que precisamos del contacto con otros seres humanos. Así surge en nosotros lo que en psicolingüística se conoce como «maternés» o motherese, a saber, una forma tan peculiar como natural de comunicarnos con los bebés que, aunque puede darse en cualquiera de nosotros, lo más habitual es que sea la madre, o la figura materna, quien más la llegue a desarrollar.
Características del maternés
El maternés, como veremos, surge de manera espontánea y universal en el lapso que abarca las 4 primeras semanas tras el nacimiento del bebé, se intensifica entre el tercer y quinto mes y puede llegar a extenderse hasta la edad de 3 años. Además, constituye una estrategia fundamental para la adquisición del lenguaje en las primeras etapas de aprendizaje, teniendo un impacto muy positivo en el vínculo mamá-bebé. Veamos en qué consiste:
- Desarrollo de un vocabulario especial. Se tiende al empleo de un vocabulario sencillo, generalmente abundante en nombres propios o sustantivos referentes al entorno más próximo de los pequeños, además de fórmulas fijas como «hola», «buenos días» o «adiós».
- Reducción de las agrupaciones consonánticas. Para facilitar la comprensión, se tiende a reducir los grupos consonánticos que conforman una palabra, en ocasiones pronunciando únicamente la sílaba tónica de esta. Por ejemplo, pronunciar «la nena es guapa» como «a nena é apa».
- Reduplicaciones. Se tiende a tomar la sílaba tónica de una palabra y duplicarla, sustituyendo así el resto de la palabra. Es el caso de «mamá» por «madre», «papá» por «padre» o «yaya», forma castellanizada de iaia, reduplicación del catalán àvia.
- Repetición fonética. La repetición de sonidos, característica ligada con la reduplicación, permite que el bebé mantenga la atención en el enunciado al ser sonidos que no le resultan extraños, además de facilitar el desarrollo de las habilidades lingüísticas del bebé.
- Lentitud en la enunciación. Por norma general, el maternés tendrá una longitud media de frase más corta que la del habla dirigida a personas adultas, pero se enunciará con un rito más lento y comprensible para el bebé.
- Entonación con ritmo marcado. La manera en que se entonan los enunciados del maternés no es la misma que aquella empleada con personas adultas. El maternés, se caracteriza precisamente por el empleo de una entonación melódica y pausada, diferenciando bien el final de una frase del comienzo de la siguiente.
- Prosodia muy exagerada. En relación con el elemento anterior, el maternés también tiende a caracterizarse por una prosodia muy exagerada, marcando bien los ritmos de las palabras y destacando los vocablos más relevantes del enunciado, de modo que el mismo bebé los identifique. Además, algunos estudios han demostrado que, más que al contenido lingüístico, el bebé presta atención a los elementos dinámicos del habla de la madre, por lo que esta característica hace del maternés una fase fundamental para el posterior desarrollo del lenguaje en el bebé.
Papel del maternés en el aprendizaje del lenguaje en bebés
Si bien la función del maternés no es crear la predisposición al aprendizaje del lenguaje en el bebé —pues esta radica en un nivel físico: el cerebro y el aparato fonador—, esta forma de comunicación madre-hijo expone al bebé a distintos enunciados relevantes y comprensibles, lo que permite que se dé el estrechamiento perceptivo propio del aprendizaje de una lengua.
De hecho, diversos estudios en psicolingüística y neurociencia han demostrado que el maternés facilita la atención y la discriminación auditiva del bebé. Al estar adaptado a las capacidades perceptivas del lactante, este tipo de habla capta su interés de forma más eficaz que el habla dirigida a adultos. La entonación exagerada y las pausas permiten a los bebés segmentar el flujo del habla en unidades más manejables, lo que favorece el reconocimiento de patrones lingüísticos y la adquisición de palabras.
Además, el maternés cumple una función afectiva crucial: fortalece el vínculo emocional entre el cuidador y el bebé. Esta conexión emocional no solo motiva al infante a participar en intercambios comunicativos, sino que también crea un entorno emocionalmente seguro y predecible que favorece el aprendizaje, ya que, al introducir el maternés como código comunicativo, el bebé percibe al adulto como feliz, implicado y atento, y se genera una dinámica de turnos de conversación que alienta al bebé a participar en el propio acto comunicativo. A través de este canal, los bebés comienzan a interiorizar turnos de conversación, expresiones faciales y elementos pragmáticos del lenguaje, incluso antes de articular sus primeras palabras.
En resumen, el maternés es una herramienta fundamental en la adquisición temprana del lenguaje. Su uso no solo estimula el desarrollo fonológico y léxico del bebé, sino que también establece las bases cognitivas y sociales necesarias para una comunicación efectiva. Por ello, lejos de subestimarse como un habla «infantilizada», debe considerarse como una estrategia lingüística y afectiva que debería implantarse en el cuidado de todos los bebés para fomentar su correcto desarrollo.
Teresa A. Isla Ruiz










