La traducción de obras mitológicas
Las obras mitológicas forman parte fundamental de la pulsión narrativa de muchas culturas. Desde los poemas homéricos hasta las metamorfosis de Ovidio, estos relatos han sido traducidos, reinterpretados y reelaborados a lo largo de los siglos. Su persistencia no solo se debe a la riqueza de sus historias, sino también a su capacidad para dialogar con nuevas épocas, lenguas y sensibilidades. En este pequeño espacio, abordaremos la importancia de la traducción de textos mitológicos, su función en la transmisión cultural y literaria, y su papel como punto de partida para nuevas creaciones a través de la intertextualidad.
Traducción de mitos: una forma de preservar y transformar
La traducción de obras mitológicas entraña una dificultad doble: por un lado, se ha de intentar conservar el espíritu de los textos originales; y, por otro, es preciso adaptarlos a los marcos lingüísticos y culturales del presente. En este sentido, el traductor no es un simple intermediario, sino un mediador cultural. Traducir a Homero, Hesíodo, Virgilio u Ovidio implica algo más que verter palabras de una lengua a otra; se trata de trasladar mundos y cosmologías enteras.
A este respecto, uno de los principales retos es el de los referentes culturales. Muchos mitos se sostienen sobre cosmovisiones ya desaparecidas, sobre panteones, rituales o valores que no tienen equivalente directo en las lenguas modernas. Esto se aprecia claramente en el terreno de los conceptos. Por ejemplo, el término griego areté, (ἀρετή) suele traducirse como “virtud” o “excelencia”, pero su verdadero sentido entraña un significado mucho más complejo: alude a la realización del potencial humano, a la plenitud del carácter y la acción, especialmente en contextos heroicos. Por tanto, traducirlo como “virtud” puede llevar a una interpretación moralizante que no refleja adecuadamente el ethos competitivo y aristocrático de la épica homérica. El traductor debe decidir: ¿respetar el término original con una nota aclaratoria, buscar un equivalente moderno, o reformular la idea?
A lo largo de la historia, las traducciones han reflejado también las ideologías de su tiempo. Durante el Renacimiento, los mitos fueron retraducidos desde una admiración erudita por la Antigüedad clásica. En el siglo XIX, muchas traducciones mitológicas enraizaban con el sentimiento de exaltación nacional, mientras que en los siglos XX y XXI se han multiplicado las versiones que revalorizan las voces femeninas o subvierten las lecturas tradicionales. Ulises, de James Joyce, es un ejemplo paradigmático en este sentido: Joyce no traduce literalmente la Odisea, pero la reinventa como una epopeya moderna, ambientada en un solo día en Dublín, transformando el viaje heroico de Odiseo en una exploración íntima, urbana y lingüísticamente innovadora. Esta obra demuestra cómo el mito se reactiva y resignifica en una nueva lengua (en este caso, el inglés) y en un nuevo contexto.
Intertextualidad y reescritura: los mitos como materia viva
La mitología es uno de los campos donde la intertextualidad se muestra con mayor vigor. Cada traducción, cada reescritura, cada alusión en la literatura moderna es una forma de diálogo con los relatos antiguos. Luego, traducir un texto mitológico implica, en esencia, inscribirlo en una red infinita de referencias, ecos y tradiciones.
El teórico literario Roland Barthes definía el texto como un “tejido de citas”, y pocas cosas ilustran mejor esta idea que la forma en que los mitos se infiltran en la literatura contemporánea. En Ulises, Joyce no traduce literalmente a Homero, pero su novela es impensable sin la Odisea. Por su parte, Jean Giraudoux toma el mito de Electra para explorar la verdad y la justicia en tiempos de crisis política. Las traducciones, en este contexto, no solo son vehículos de conservación, sino puntos de partida para nuevas interpretaciones. Una versión de las Metamorfosis puede inspirar un poema, una obra de teatro o una novela gráfica. Así, los mitos siguen vivos no porque se repitan, sino porque cambian con cada nueva voz que los pronuncia.
También es crucial reconocer que muchas traducciones han servido para corregir omisiones históricas. Durante siglos, las versiones canónicas de los mitos dejaron de lado las voces de los personajes femeninos o secundarios. Hoy, muchos traductores se esfuerzan por recuperar esos matices. La versión de Emily Wilson de la Odisea, por ejemplo, ha sido celebrada por su sensibilidad lingüística y por la manera en que reequilibra la perspectiva de género en el relato.
Las tradiciones mitológicas y su carácter universal
Aunque solemos asociar los mitos clásicos con Grecia y Roma, todas las culturas poseen mitologías propias. Así pues, la traducción de obras mitológicas permite un diálogo entre tradiciones diversas, resaltando tanto los elementos universales como las particularidades de cada civilización.
El descenso al inframundo de Orfeo puede compararse con el de Inanna en la tradición mesopotámica, o con los viajes chamánicos de muchas culturas indígenas. El mito del diluvio aparece en el Poema de Gilgamesh, en la Biblia y en tradiciones precolombinas. Traducir estos textos no solo es un acto literario, sino también una forma de tender puentes entre imaginarios colectivos. La mitología nórdica, por su parte, nos ofrece una cosmovisión marcada por el conflicto entre el orden y el caos, el destino inevitable del Ragnarök y la presencia de dioses complejos como Odín, Loki o Freyja. Traducir los Eddas —prosaicos y poéticos— no solo implica conservar una lengua arcaica como el nórdico antiguo, sino también transmitir la atmósfera simbólica de estos relatos, tan distintos en tono y estructura de los mitos grecolatinos.
Además, la traducción fomenta el reconocimiento de patrones comunes que atraviesan la experiencia humana: el miedo a la muerte, el deseo de inmortalidad, el amor imposible, el castigo divino, la lucha contra el caos, y un largo etcétera. Al acceder a los mitos a través de nuevas lenguas, podemos reconocernos en las preguntas que otros pueblos se hicieron antes que nosotros, desde otros contextos y con otras palabras.
No obstante, es fundamental evitar una visión simplificadora o uniformadora. Cada mito nace en un contexto concreto y responde a tensiones específicas. La traducción debe respetar esas diferencias, sin forzarlas en moldes ajenos. Solo así puede evitarse la domesticación del mito y permitir que su extrañeza —su capacidad de interpelar desde lo distinto— conserve su esencia.
La traducción de obras mitológicas es mucho más que una práctica filológica: es una forma de escuchar a los que nos han precedido en el tiempo, y permitir que esas voces resuenen en el presente. Traducir un mito es integrarse en una cadena de transmisión abierta, donde cada versión no clausura el sentido, sino que lo amplía. Cada nueva traducción aporta una lectura diferente, rescata un matiz perdido o reabre preguntas que creíamos resueltas.
Carlos Sánchez Luis











